Agujeros Negros

I.

Vimos la luz de tu cuarto prendida, creo que eso fue alrededor de las doce, no quisimos molestarte y mejor nos fuimos a buscar algo que hacer, pero no tuvimos mucho éxito; las calles estaban desiertas, ni los perros se molestaron en salir; terminamos por quedarnos a ver como se iban apagando las luces en tu edificio; una tras otra se fueron, algo parecido a las luces de Navidad, sólo que estas no se volvían a prender. Al final, sólo quedó la tuya encendida. ¿A ti no te da curiosidad lo que pasa tras las ventanas iluminadas después de la medianoche?, a mí si me da, creo que también fue por eso que nos quedamos a ver si tu luz se apagaba, pero cuando lo vimos salir nos dimos cuenta de que tal vez ya nunca fueras a apagarla, decidimos subir; la verdad es que estábamos muertos de miedo. Subimos despacio las escaleras, tratando de no hacer ruido, pero tu ya sabes como es esto, después de las doce todos los ruidos suenan el doble, en especial si tratas de no hacerlos. La cerradura cedió en silencio, empuje la puerta esperando lo peor, temblaba de pies a cabeza y estaba apunto de ponerme a llorar; un rayo de luz se escapó de entre la puerta y el marco, me llego el olor dulzón de flores frescas y flores secas en el mismo lugar, también un olor a podrido, un olor a muerte; empuje la puerta y caí de rodillas.

Ya tenía la imagen en mi mente, tu cuerpo como el de una muñeca rota tirado así sin más, la palidez de tus manos compitiendo contra las baldosas del suelo; esa fue la ves que más gusto me ha dado no verte.

Nos dimos cuenta la instante que ya no vivías ahí, un poco dolido Aníbal revisó tu cuarto solo por si acaso mientras yo me derretía contra el marco de la puerta; tu espejo ya no estaba así que ya no teníamos nada que hacer ahí. Salimos a buscarte nuevamente, sin saber por dónde y yo seguía temblando.


Tu olor fue lo primero que noté al abrir la puerta, después de dos días de buscarte no se me había ocurrido que tú me estuvieras buscando a mi, poco menos que lógico, no tendrías otro lugar a donde ir. No tenias ganas de hablar y no es que yo tuviera algo importante que decirte, lo que tenias que saber lo supiste antes que yo; así que me senté a tu lado en silencio tragándome las ganas de abrazarte, pero estaba consciente de que aún en esa situación te hubieras burlado de mí; ya no sabia si darte un beso o un golpe. Creo que eso es parte de lo que me gusta de ti, que siempre sé con lo que me voy a encontrar.

Después de un par de horas no lo resistí, rocé tu mano en un falso intento de ponerme de pie, no fue necesario voltear a verte porque supe que estabas sonriendo, me enterraste las uñas en la mano, traté de quitarla, pero como de costumbre no fui suficientemente rápido, cuando me puse de pie cuatro pequeñas lunas rojas en mi mano me dieron las “gracias” de tu parte. Después de tres cafés, dos tequilas y 41 veces tu canción favorita empezaste a contestar con algo más que monosílabos; cuando los zapatos quedaron al pie del sillón la mayoría de las frases eran tuyas, un café más y se convirtió en monólogo. Para ser honesto, no recuerdo lo que me dijiste, no estaba poniendo atención, sólo quería oír tu voz, sentir que estabas ahí conmigo y esperar a que decidieras desaparecer. Quise tomar ventaja y secuestrar tu espejo, pero no tenia caso, de todas formas ya sabias donde lo iba a esconder.


Desperté en el suelo, durmiendo al pie de la cama como tu perro, te veías tan frágil y solo tus pies se asomaban debajo de la sabana; me costó casi la vida resistir a tocarte pero un vistazo a mi mano me recordó bien por qué. Entré al baño, casi seguro de que cuando saliera de bañarme ya no estarías ahí, pero no habías preguntado por Aníbal, pero igual me podías dejar un papel sobre la cama preguntándome por él. Salí del baño con el pelo mojado y pegado a la espalda pensando en ti, en cuanto más podrías resistir y por más que traté de engañarme supe que no seria mucho. Ya estabas vestida y tomando café, así como estabas es como te quiero recordar siempre, un vestido de fiesta que alguna vez fue negro, con el ruedo suelto e hilos por todas partes, sin una joya ni maquillaje, las ojeras casi tan profundas como tus ojos y tu pelo como una fiesta flotando alrededor de tu cara perfecta, de muñeca de porcelana; sin ser capaz de mirarme a los ojos rompiste la magia y me preguntaste por él.

- No sé. - En verdad no sabia que decirte y tú lo sabias también.

- ¿Cuándo viene?

- No sé.

- No me quieres decir.

- Tú sabes que no es cierto.

- Ya me voy. - Sacaste el espejo de debajo de la cama pero te quedaste ahí.

- ¿Por qué? - Empecé a vestirme dándote la espalda y no te molestó, es más, no creo que ni siquiera lo hayas notado.

- Porque si. - La impaciencia empezaba a dejarse sentir en tu voz.

- Voy contigo. - No esperé respuesta para seguirte hacia la puerta. Como de costumbre me ignoraste y como de costumbre lo tomé como que estabas de acuerdo.

Siguiente.


 
Alma Banuelos, 2007