Todas las razones ó por lo menos las que importanElla me guía a cualquier lugar donde quiere que vaya, no me lo dice directamente; yo la siento viva, indescriptiblemente viva, dispuesta a consumirme en cualquier momento, a enterrarme en sus entrañas, un desaparecido que nadie sabrá que desapareció. Ella es la suma de todas las preguntas y respuestas que puedan existir. Me dejé caer al suelo con la gracia de un zapato, mi cabeza rebotó un par de veces contra la pared, no demasiado duro. El frío, me dio de lleno en la espalda y no pude evitar burlarme de mi mismo cuando empecé a temblar. Hay cosas que nunca cambian y cuando uno esta condenado al fracaso ni un millón de milagros espontáneos pueden hacerlo cambiar. Me dejé caer hasta el piso, mi cabeza volvió a rebotar, esta vez más duro. Me quedé dormido a fin de cuentas, enredado como un perro sobre el polvo. Soñé con muchas cosas, siempre he soñado demasiado, dormido y despierto y eso nunca me ha llevado a nada; soñé con arrancarme el corazón, despedazándolo entre mis manos y después comérmelo; sentí como todo lo que me ahogaba iba desapareciendo a cada mordisco, cada gota de sangre hacía que me doliera menos; como si todo el odio se diluyera poco a poco en un vacío inmenso y mis amigos y toda la gente que alguna vez me importó estaban ahí, aplaudiendo y animándome, como si lo que estaba haciendo fuera lo mejor; yo buscaba sus miradas de aprobación y ellos gritaron más fuerte mientras yo arrancaba cada pequeño pedazo que quedaba en mi pecho, podía oírlos gritar mil palabras, no entendía que decían, pero sabía que ellos querían lo mejor para mí, entonces estaba haciendo lo correcto; cuando termine todos se acercaron y me abrazaron, me decían mil cosas y yo sólo veía sus sonrisas pero sin entender nada y al final tenía un enorme vacío en el pecho y mucha gente contenta por lo que había hecho. Cuando desperté tenía una imagen fija en la mente, una imagen de mi mismo, con la cara cubierta de sangre y una sonrisa feroz; el resto del sueño venía por añadidura. No me quise mover, no sentía nada, nada me importaba, nada me podía alcanzar, estaba más allá de cualquier cosa, de cualquiera; quise rezar para que todo se quedara siempre así, el abandono total; pero me di cuenta que era cuestión de tiempo para volver a sentir, regresar a mis miedos, mi odio, mis alegrías, todo porque sabía que tarde o temprano iba a volver a tener miedo. Las cosas eran tan simples como eso, pero aunque lo sabía no era tan fácil aceptarlo. Le tengo pavor a estar solo. Hoy es apenas dos, el tiempo se las toma con una calma impresionante a veces, pasan las horas tan lentas que ayer parece hace una semana y se hace uno más consciente del tiempo, de su lentitud, probablemente porque uno esta más consciente de sí mismo. Cada minuto que pasa te deja saber que no pasa lo suficientemente rápido, hacen el esfuerzo de que notes que pasan más despacio para ti, como algún extraño homenaje. El mundo gira y gira y estas en atrapado, minutos encadenados uno a uno y tienes ganas de gritar y que el mundo termine, pero cada minuto sigue al anterior y nada pasa, sólo estas tú, en medio de nada nuevamente, viendo pasar el tiempo que se atora a tú alrededor. A veces te aburres, a veces lloras, pero eso no cambia nada, solo te sientes un poco estúpido; ves pasar a la gente corriendo de un lado para el otro y sabes que no puedes alcanzarla, por más que lo intentes, los tiempos no coinciden. Entonces te sientes extraordinariamente solo y no hay nada que puedas hacer para remediarlo. Doy una vuelta, veo a la gente, como un mundo que se extiende ante mi, nuevo y brillante, pero absolutamente inalcanzable; paso como un fantasma entre los grupos de mujeres hermosas que inconscientemente se quitan de en medio para no estar cerca de mi; oigo las risas de los niños, veo a todo el mundo, pero el mundo no me ve a mi, no tengo nada que ofrecerles, no hay nada de mi que les pueda interesar y todos pasan de largo, como si trataran de alejarse y termino quedándome atrás, con los viejos, con los olvidados, con todos los desperdicios de un mundo que se niega a aceptarnos, tal vez porque les recordamos que ellos podrían estar en nuestro lugar. Es más fácil ignorar que aceptar que esta colección de seres rotos en cierta forma esta aquí para que algunos digan que tienen más que, para que otros piensen que son mejor que, para ser más bonita que; para demostrar que casi todo el mundo esta bien. Y así, de pensamiento en pensamiento nos vamos desvaneciendo del mundo, porque si crees en algo lo suficiente terminará por hacerse realidad, también funciona al revés. Estoy sentado esperando a que llegue la noche, veo la ciudad como un animal dormido, un animal que no puede ser domado, que en cualquier momento va despertar y hacernos a todos pedazos. Ya antes la he recorrido, como un amante diminuto ante una vagina inmensa; sintiéndola palpitar, no por mis caricias, sino con el mismo tipo de vida que nace de los cuerpos putrefactos, aunque ella sea la que esta más lejos de la muerte que cualquiera. Y la ciudad se extiende hacía todas partes, retándome a conocerla toda; ella se burla de mi porque estoy atrapado, tal vez sea la única que sepa que existo y tal vez solo existo por las mismas razones que un animal no mata un parásito que no es molesto, sólo porque si, o sólo porque no. Soy una fracción infinitesimal de vida, atrapada dentro de una vida más compleja y mucho más gloriosa. Ella sabe que estoy vivo y me lo perdona, no tengo otra razón para existir mas que porque ella así lo quiere. Entonces empiezo a pensar en los millones de seres diminutos que habitan aquí también, tan seguros de mismos; creyendo que pueden decidir sobre ella, que la moldearan a su antojo, a su mayor conveniencia; ella se los deja creer, no por maldad, sino por inercia. Ella un día se estremecerá en un espasmo, como los remanentes de un orgasmo cósmico que le regala un amante a su medida, silencioso e invisible y nos va a mandar a todos a la mierda; a todos, sin dividirnos en los ricos o los pobres, los feos y los hermosos; nos va a mandar a todos por igual y eso es lo que me consuela. La noche vino y se fue, todos seguimos aquí, parásitos de todos los colores. Otra vez no ha pasado nada. Sigo esperando a no sentir, pero sigo sintiendo miedo. Cinco, seis o siete, no tengo forma de saberlo y en realidad no me importa; no puedo saber que fecha es cuando los minutos parecen horas y sigo vivo porque no he podido encontrar una buena excusa para ser un buen muerto. Pienso en mi muerte todos los días, en cómo poder redimirme en el momento mágico; pero en realidad, mi final no va a tener más importancia que mi vida, no va a haber nadie ahí para ser testigo, nadie a quien le importe de todas formas. He pensado en morirme de mil formas distintas, pero estoy consciente de que no sería un buen ahogado; como quemado cabe la posibilidad de pasar muchas horas de sufrimiento; ahorcado tampoco, me parece poco digno morir con mi propia mierda escurriéndome hacia abajo por las piernas. Los únicos muertos hermosos son aquellos que tienen familia, para que paguen para dejar en su cara una expresión de paz que nunca tuvieron en vida; pero no todos los muertos con familia son muertos hermosos. Yo no quiero ser un muerto feo, o peor aún: sucio. La ciudad se estira bajo mis pies, casi imperceptiblemente, como si pensara despertar en un futuro próximo. La siento a mi alrededor, con su abrazo mortal mientras me susurra obscenidades al oído. Muchos días, como hoy, despierto con la sensación de que esto es algún tipo de broma, no entiendo por qué. Como si alguien, algún día, fuera a venir y a abrazarme, a decirme que todo esto no había sido más que una mala broma pero que ya había terminado; entonces yo empezaría a reír y a llorar al mismo tiempo, me daría un gusto inmenso, sería casi feliz porque volvería a dormir en una cama caliente y grande, con sábanas limpias, que huelen a limpio, blancas siempre; comería milanesas hasta que nunca más las pudiera volver a probar; tomaría mucho vino y cerveza; en definitiva regresaría a la escuela, estudiaría algo de provecho; tal vez empezaría pronto a trabajar, ahorraría y me podría comprar un carro, viejo y chiquito, no tendría importancia; conocería a alguna chica agradable, tal vez no muy bonita, pero alegre y muy muy limpia; esperaría a que ella se enamore de mi y luego yo me enamoraría de ella; haríamos planes para casarnos y es casi seguro que antes de eso ya hubiéramos hecho el amor entre las sábanas limpias de mi cama, ella sería una muchacha de su casa, no creo que llegáramos a hacerlo en su cama nunca; yo me esforzaría mucho en trabajar para comprar una casa, una casa nuestra y tal vez un coche para ella; después de hablar con ella y ver que no tenemos cuentas yo decidiría que ya era hora de tener hijos, ella aceptaría y se saldría de trabajar, yo tendría que trabajar más, pero no me importaría porque sabría que vamos a ser muy felices; tendríamos un niño y una niña, él se llamaría como yo y la niña como su mamá y yo sufriría con cada parto, esperaría en la puerta o a lo mejor entraría para sostenerle la mano, le daría besos en la frente y le diría que lo está haciendo muy bien; vería a mis hijos crecer y siempre estaría muy orgulloso de ellos, porque ellos serían buenos chicos y nuca me defraudarían; luego ellos serían los suficientemente grandes para irse e iniciar sus propias vidas, yo me quedaría con mi mujer, esperando tranquilamente a que llegue la vejez; mi mujer y yo nos amaríamos más que en los años de juventud y los nietos vendrían a visitarnos; tendríamos fabulosas cenas, todos juntos en las fechas importantes; yo moriría antes que mi mujer, eso es seguro, no quisiera tener que soportar todo sin ella, así que ella aceptaría que yo muriera antes, me sostendría la mano y yo le diría que no llore, que no hay por que llorar, ella sonreiría entre las lágrimas, la misma sonrisa que me habría hecho enamorarme de ella hace muchos años y yo moriría tranquilo, después de haber vivido una vida plena y llena de pequeños milagros. El problema es que nunca nadie viene a decirme nada. Sería absurdo pretender que algún día podré renunciar a ella, aunque en realidad no hace más que permitirme sobrevivir; a la ciudad no le importa como vivan sus habitantes. Yo realmente vivo en la ciudad, vivo sobre ella, dentro de ella, un parásito desposeído más que corre por sus venas, por sus arterias, que se alimenta de sus desperdicios y de su alma. Soy un gusano verde y flaco que se da el festín de su vida, me alimento de lo que las demás alimañas consideran desagradable; vivo donde ningún otro quiere vivir. Soy el fantasma humano de un ave de carroña; pero de todas formas nadie me ve; yo los veo a los ojos, ellos sólo apartan la mirada. Soy un gusano verde, flaco e infeliz que sobrevive de las entrañas, del cadáver vivo de una ciudad cualquiera. Soy un gusano que no muere porque el cadáver todavía no quiere. Buenos Aires, febrero 3 2001
|
Alma Banuelos, 2007 |
||||||